jueves, 21 de agosto de 2014

Lo siento, no me queda. Pero puedo ofrecerte un buen abrazo.

Aporreaste tantas veces mi puerta esa noche que la
madera quedó astillada, y ni siquiera el barniz pudo
hacerle frente a los impactos.

Abrí apresurado, con el pijama todavía puesto, sosteniendo
una taza de chocolate caliente que humeaba. El blanco de tu
cara se reflejó en mis ojos y un escalofrío cruzó el sendero
de mi espalda. Buscabas oxigeno con tanta necesidad que
no podías articular palabra. Sentí que el tiempo se había
parado por varios segundos. Parecían segundos disfrazados
de minutos. E incluso de horas.

Apoyé la taza en un mueble cercano y, a causa de la intensidad
con la que realicé tal acción, parte del líquido tomó bajo vuelo
hasta aterrizar sobre la superficie del mobiliario. Me acerqué a ti
y comprobé que un sudor frió se deslizaba por tu frente. Me
abalancé sobre ti y te abracé con mucha fuerza. Las hojas secas
del suelo crujieron dándonos la bienvenida. Aun puedo recordar
como rompiste a llorar desconsolado. Cómo tus lágrimas se filtraron
en mi ropa, a la altura del hombro, creando un oscuro charco en mi
vieja camiseta de deporte que usaba como pijama.

Recuerdo que la calle también lloraba. Recuerdo como dos gatos miraban
escondidos debajo de un coche a mi portal, y yo solamente veía sus
redondos ojos amarillos. Al parecer se necesitaban el uno al otro, como
esa noche tú me necesitaste a mí.

- ¿De verdad te acuerdas? fue hace casi treinta años, y aquí estamos
todavía, uno al lado del otro. Era demasiado rebelde por aquella época.
Un chico un tanto problemático. Y, sin embargo, me dijiste "estaré aquí
siempre para lo que necesites, a cualquier hora, en cualquier momento".

- Tienes razón, je, je, je. Y aquí seguimos todavía...

-Cierto-, respondiste sin dejarme acabar.

- ...uno al lado del otro.

1 comentario:

  1. Me encanta lo que escribes porque siempre lo haces con el corazón.

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